La Primera Mentira: La Inmortalidad
del Alma


CAPÍTULO - 2
 

En los mismos comienzos de la historia de la tierra, Satanás, habiendo asumido la forma de serpiente, le pronunció la primera mentira a Eva. Le dijo que si desobedecía el mandato de Dios de no comer del fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, "No moriréis", aunque Dios le había expresamente advertido al hombre que "el día que de él comieres, ciertamente morirás" (Véase Gn. 3:4; 2:17). Satanás traicioneramente le aseguró a ella (otra mentira descomunal) que al comer la fruta "serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal" (Gn. 3:5). Amigos míos, ¿estamos todavía creyendo lo que dice el diablo? La Biblia establece claramente que Dios es "el único que tiene inmortalidad" (1Ti. 6:16). De hecho, la Biblia contiene además un número de Escrituras que prueban que el hombre mortal no recibe su inmortalidad hasta la segunda venida de Cristo—en ocasión de la resurrección (1 Co. 15:51-55; Juan 5:28,29). Ahora, por favor fijémonos en estas declaraciones inequívocas y autoritativas acerca del estado de los muertos en Eclesiastés 9:5 y 10: "Porque los que viven saben que han de morir; más los muertos nada saben....Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el sepulcro, a donde tú vas, no hay obra, ni industria, ni ciencia, ni sabiduría".

Recuerdo la primera vez que leí estas Escrituras. Inmediatamente me pregunté por qué había yo siempre creído que una persona muerta podía comunicarse conmigo a voluntad. ¿Sería este otro de los errores de la Iglesia Romana que los sacerdotes me habían inculcado? Al fin y al cabo, de acuerdo a la Biblia, ¿no son las sesiones espiritistas reuniones en las cuales el diablo trata de enviar mensajes funestos a personas incautas a través de un médium humano, quien supuestamente puede comunicarse con los presuntos espíritus de los muertos? La mayor de las sesiones espiritistas relatadas en la Biblia ocurrió cuando Saúl visitó a la Hechicera de Endor, descrita en las Escrituras como "una mujer que tenía un espíritu de adivinación"—eso es, una mujer que recibía mensajes de un ángel maligno que pretendía ser el "espíritu" de una persona muerta determinada, generalmente conocida por el indagador—y le pidió que le hiciera subir a Samuel de los muertos pues "Jehová no le respondió, ni por sueños, ni por Urim, ni por profetas" (1 S. 28:6, 7). ¿De cuándo acá acude un hombre de Dios al diablo buscando consejo cuando el Señor explícitamente ha dicho: "No os volváis a los encantadores ni a los adivinos; no los consultéis, contaminándoos con ellos. Yo Jehová vuestro Dios"? (Lv.19:31; véase también Is. 8:19, 20). La Biblia dice claramente: "No alabarán los muertos a Jehová, ni cuantos descienden al silencio", pues cuando un hombre muere, "sale su aliento, y vuelve a la tierra; en ese mismo día perecen sus pensamientos" (Sal. 115:17;  146:4).

Entonces, ¿por qué es que la mayoría de las personas, tanto cristianas como no cristianas, creen en la doctrina de la inmortalidad del alma? A mi parecer, el problema existe debido a una mala interpretación de las Escrituras. En Génesis 2:7, la Biblia dice: "Formó, pues, Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra, y alentó en su nariz soplo de vida; y fue el hombre en alma viviente". La palabra hebrea que ha sido traducida como "alma" en este pasaje es nephesh. Además de haber sido traducida 428 veces como "alma" en el Antiguo Testamento, nephesh también ha sido traducida como sigue: vida—119 veces; persona—29 veces; y criatura—19 veces. "No hay nada en las palabras traducidas como 'alma' o en su empleo en la Biblia, que siquiera remotamente implique una entidad consciente que sobrevive el cuerpo después de la muerte, o que atribuya inmortalidad a ella. Nephesh no es parte de la persona; ¡más bien es la persona!" (Bible Dictionary, por Siegfried H. Horn, Ph.D., p. 1061).

Creo que la confusión es el resultado de una interpretación equivocada de versículos como el siguiente: "Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio" (Eclesiastés 12:7). Muchas personas tratan de usar este versículo para comprobar que el "alma" o "espíritu" es, por lo tanto, inmortal y que regresa a Dios al experimentarse la muerte. No obstante, según el concepto hebreo expresado en las Escrituras, el "espíritu" no es otra cosa que el aliento de vida que mantiene vivo al ser humano y el cual es un préstamo de parte de Dios que al fin regresa de vuelta al Gran Autor de la vida. Eso es precisamente lo que quiere decir Job 27:3—"...que todo el tiempo que mi alma esté en mí y que haya hálito de Dios en mis narices, mis labios no hablarán iniquidad". La palabra hebrea que se emplea para "espíritu" es ruach, la cual se define en el Léxico de Gesenio como sigue: (a) espíritu o aliento; (b) hálito de las narices; (c) soplo de aire. Cuando el espíritu, es decir, el aliento de las narices, regresa a Dios, entonces el cuerpo, formado originalmente del polvo de la tierra, cesa sus funciones normales y comienza su proceso de retorno a la tierra, su lugar de origen. El individuo ya carente de aliento o respiración deja de existir como ser viviente, consciente y pensante, y pasa a descansar al sepulcro hasta ser llamado por la voz de Cristo "en el día postrero" (Juan 6:39). "No os maravilléis de esto; porque vendrá hora, cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; más los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación" (Juan 5:28, 29). Los justos muertos se levantarán en ocasión de la segunda venida de Cristo y juntos con los santos vivos serán arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire (véase 1 Ts. 4:15-18), pero los muertos impíos no se levantarán hasta mil años después de la resurrección de los justos. "Mas los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años" (Ap. 20:5). ¿Cómo puede alguien "volver a vivir" sin haber primero experimentado la muerte?

Amigos, ya deben ustedes estarse preguntando: "¿Cómo puede estar viva la Virgen María cuando que la Biblia claramente dice que no hay ningún conocimiento en la muerte?" Para establecer mejor este punto, vamos a examinar unas cuantas citas bíblicas más que prueban que el hombre es mortal. En el libro de Job leemos: "En cambio el hombre muere y desaparece [espira, según Strong's Concordance], ¿y dónde estará? Como se evaporan las aguas en el mar, y el río se agota y se seca, así el hombre yace y no vuelve a levantarse. Mientras exista el cielo [el cielo se ha de replegar "como un pergamino que se desenrrolla" cuando Cristo regrese por segunda vez (Ap. 6:14)], no despertará ni se levantará de su sueño" (Job 14:10-12). Y como si esto no fuese lo suficientemente claro, Job sigue diciendo: "El hombre que muere, ¿volverá a vivir? Todos los días de mi vida esperaré, hasta que llegue mi liberación. Entonces llamarás, y yo te responderé..." (Job 14:14,15). Evidentemente la creencia de Job era que iba a dormir en el sepulcro hasta que Jesús lo llamara en la Mañana de Resurrección. (Véase también Job 17:13-16.) Después de todo, fue Jesús el que se refirió al estado de Lázaro en el sepulcro como un sueño. En ningún momento dio a entender que Lázaro había ascendido al cielo. Al contrario, declaró: "Nuestro amigo duerme, pero voy a despertarlo" (Juan 11:11). Luego, en Juan 11:23, Jesús le dice a Marta, "Tu hermano resucitará", a lo cual Marta respondió, "Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero". Jesús, ordenándole a Lázaro que saliera del sepulcro, dijo, "¡Lázaro, ven fuera!" (Juan 11:43), no "¡Lázaro, sube!" o, "¡Lázaro, baja!" Considero que la palabra sueño empleada por Jesús en lugar de muerte (la cual se refiere a la primera muerte) es un sinónimo muy apropiado porque ella se refiere a un estado transitorio del cual, según Daniel 12:2, todos "serán despertados: unos para vida eterna, otros para vergüenza y confusión perpetua" [esta es la segunda muerte; véase Apocalipsis 20:12-14].

El gran maestro, el apóstol Pablo, entendía claramente que él también dormiría en el sepulcro hasta la segunda venida de Cristo: "Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida [muerte] está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida [la de Cristo]" (2 Ti. 4:6-8). Pablo sabía, al igual que Marta, que no sería hasta la resurrección en el día postrero, en ocasión de la segunda venida de Cristo, que él recibiría la recompensa de la vida eterna y sería transformado de mortal a inmortal. No olvidemos que fue Pablo quien nos dejó dicho en la Sagrada Palabra que el hombre mortal no será dotado de inmortalidad hasta que suene la trompeta final que despertará a los justos muertos al venir Jesús por segunda vez: "He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos [porque algunos estarán vivos cuando Cristo venga]; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles [la Virgen María también], y nosotros seremos transformados, porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad" [por favor nótese que este cambio ocurre, no al morir la persona, sino en ocasión de la segunda venida de Cristo] (1.Cor. 15:51-53). En un pasaje anterior dentro del mismo capítulo de la epístola, Pablo
había dicho: "Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre [Adán], también por un hombre [Cristo] la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida" (1.Co. 15:20-23).

Para afianzar más esta posición, examinemos ahora el ruego del ladrón crucificado junto a Jesús registrado en el capítulo 23 del evangelio de Lucas. El ladrón arrepentido, creyendo que Jesús era realmente el Hijo de Dios, "...dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino". A dicho pedido Jesús respondió diciendo: "De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lucas 23:42, 43). Aquellos que creen en la doctrina de la inmortalidad del alma, a menudo se refieren a este pasaje bíblico para probar que al fallecer la persona, su espíritu asciende inmediatamente al cielo. Pero vamos a examinar este pasaje más de cerca.

El Nuevo Testamento originalmente fue escrito en griego. Los amanuenses antiguos escribían sin dejar espacios entre palabras u oraciones y, por lo general, sin signos de puntuación, un estilo conocido como scriptio continua. Los espacios y los signos de puntuación fueron añadidos siglos más tarde. Siguiendo el orden de las palabras que aparecen en la última edición del New Testament Greek [Nuevo Testamento Griego publicado por las Sociedades Bíblicas Unidas, 4 a Edición Revisada, 1994], pero ignorando las comas provistas por sus editores, en español traduciríamos Lucas 23:43 de la siguiente manera: "Y le dijo a él: 'De cierto te digo a ti hoy conmigo estarás en el paraíso". Inmediatamente notamos la ausencia de la conjunción que añadida por las versiones en español. Sencillamente no aparece en el texto original. Realmente, todo lo que falta es determinar dónde va la coma. Para que este pasaje concuerde con la enseñanza bíblica y el concepto hebreo acerca de la naturaleza humana y el estado de los muertos, la coma debe ir después de la palabra hoy. Entonces, el versículo rezaría así: "Y le dijo a él: 'De cierto te digo a ti hoy, conmigo estarás en el paraíso".

También hay que tener en mente que Jesús no ascendió al cielo al morir por cuanto le dijo a María en la madrugada de su memorable resurrección: "No me toques, porque aún no he subido a mi Padre" (Juan 20:17). Nótese además que esta declaración fue hecha dos días después de su muerte en la cruz. Del mismo modo, al ladrón arrepentido le fue dada aquel día [Viernes Santo—el día de la crucifixión], la seguridad de la vida eterna y un lugar en el paraíso, pero él, como el resto de los justos, no recibiría su recompensa hasta que Jesús venga por segunda vez. (Véase Ap. 22:12.)
 

 
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